7 Pasos Para Evitar Que Tu Vida Sea Moldeada Por El Mundo

El mundo es el sistema de valores, creencias, costumbres y prácticas que rigen la vida de las personas que no conocen a Dios ni le obedecen. El mundo está bajo la influencia del maligno, que es el enemigo de Dios y de los que le siguen. Ofrece placeres, riquezas, fama y poder, pero todo eso es pasajero y engañoso. No puede satisfacer el vacío del corazón humano, ni darle sentido y propósito a la vida.

La Biblia nos advierte que no debemos amar al mundo ni las cosas que están en el mundo, porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre. El mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2:15-17).

No permitir que tu vida sea moldeada por el mundo

Pero, ¿Cómo podemos evitar que nuestra vida sea moldeada por el mundo? ¿Cómo podemos resistir la presión y la tentación de seguir la corriente del mundo? ¿Cómo podemos vivir de acuerdo a la voluntad de Dios en un mundo que se opone a él? En este artículo, veremos algunos principios bíblicos que nos ayudarán a responder estas preguntas:

Índice
  1. 1. Reconoce que eres ciudadano del cielo
  2. 2. Renueva tu mente con la Palabra de Dios
  3. 3. Ríndete al Espíritu Santo
  4. 4. Relaciónate con la iglesia de Cristo
  5. 5. Resiste al diablo y sus engaños
  6. 6. Refleja el amor de Cristo al mundo
  7. 7. Recuerda el ejemplo de Cristo en el mundo
  8. Preguntas frecuentes
    1. ¿Qué significa que el mundo está bajo la influencia del maligno?
    2. ¿Qué significa que el mundo pasa, y sus deseos?
    3. ¿Qué significa que somos ciudadanos del cielo?
    4. ¿Qué significa que debemos renovar nuestra mente con la Palabra de Dios?
    5. ¿Qué significa que debemos rendirnos al Espíritu Santo?
    6. ¿Qué significa que debemos relacionarnos con la iglesia de Cristo?
  9. Conclusión

1. Reconoce que eres ciudadano del cielo

Lo primero que debemos hacer para no dejarnos moldear por el mundo es reconocer que nuestra verdadera ciudadanía está en el cielo, y que somos peregrinos y extranjeros en la tierra (Filipenses 3:20; 1 Pedro 2:11). Esto significa que nuestra lealtad, nuestra identidad y nuestra esperanza no están basadas en este mundo, sino en Dios y en su reino.

No debemos apegarnos a las cosas materiales, ni buscar la aprobación de los hombres, ni vivir según los patrones del mundo. Es necesario vivir con una perspectiva eterna, sabiendo que nuestra vida en la tierra es temporal y que tenemos una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible reservada en el cielo (1 Pedro 1:3-4).

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2. Renueva tu mente con la Palabra de Dios

La Palabra de Dios es la verdad que nos libera del engaño del mundo (Juan 8:31-32). La Palabra de Dios es la espada del Espíritu que nos capacita para vencer al maligno (Efesios 6:17; 1 Juan 2:14). Estamos hablando de la Palabra de Dios, esa que alumbra nuestro camino y nos guía por sendas de justicia (Salmo 119:105; 23:3). Se trata también del alimento que nos fortalece y nos hace crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (Mateo 4:4; 2 Pedro 3:18).

Por eso, debemos leer, estudiar, meditar, memorizar y aplicar la Palabra de Dios a nuestra vida diaria. Debemos dejar que la Palabra de Dios examine nuestro corazón, corrija nuestro pensamiento, purifique nuestro lenguaje, dirija nuestra conducta y transforme nuestro carácter. Es necesario, dejar que la Palabra de Dios nos enseñe, nos reprenda, nos corrija y nos instruya en justicia, para que seamos perfectos, enteramente preparados para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17).

3. Ríndete al Espíritu Santo

El Espíritu Santo es el que nos convence de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8). El Espíritu Santo es el que nos regenera, nos sella y nos bautiza en el cuerpo de Cristo (Tito 3:5; Efesios 1:13; 1 Corintios 12:13). Nos da poder, amor y dominio propio (Hechos 1:8; 2 Timoteo 1:7). Nos santifica, nos consuela y nos ayuda en nuestras debilidades (2 Tesalonicenses 2:13; Juan 14:16; Romanos 8:26).

Por eso, debemos someternos al Espíritu Santo, y no entristecerlo, ni apagarlo, ni resistirlo (Efesios 4:30; 1 Tesalonicenses 5:19; Hechos 7:51). Debemos andar en el Espíritu, y no satisfacer los deseos de la carne (Gálatas 5:16). Es necesario, ser llenos del Espíritu, y no de vino (Efesios 5:18). Debemos dar fruto del Espíritu, que es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gálatas 5:22-23).

4. Relaciónate con la iglesia de Cristo

La iglesia de Cristo es la familia de Dios, donde somos hijos e hijas de Dios, y hermanos y hermanas unos de otros (Efesios 2:19; 1 Juan 3:1-2; Hebreos 2:11). Estamos hablando del cuerpo de Cristo, donde somos miembros unos de otros, y tenemos dones y funciones diferentes, pero complementarios. (1 Corintios 12:12-27). La iglesia de Cristo es el templo de Dios, donde somos piedras vivas, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. (1 Pedro 2:4-5; Efesios 2:20-22)

Por eso, debemos amar a la iglesia de Cristo, y no despreciarla, ni abandonarla, ni dividirla. (Efesios 5:25; Hebreos 10:25; 1 Corintios 1:10). Debemos servir a la iglesia de Cristo, y no ser egoístas, ni perezosos, ni indiferentes (Romanos 12:3-8; Hebreos 6:10-12; Apocalipsis 3:15-16). Es necesario, edificar a la iglesia de Cristo, y no destruirla, ni contaminarla, ni mancharla (1 Corintios 3:16-17; 2 Corintios 6:14-18; Efesios 5:26-27).

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5. Resiste al diablo y sus engaños

El diablo es el príncipe de este mundo, el dios de este siglo, el que ciega el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo (Juan 12:31; 2 Corintios 4:4) El diablo es el padre de mentira, el acusador de los hermanos, el que anda como león rugiente, buscando a quien devorar (Juan 8:44 (Apocalipsis 12:10; 1 Pedro 5:8).

Estamos hablando del adversario de Dios y de los que le aman, el que se opone a la obra de Dios, el que tienta, engaña y destruye a los que se dejan llevar por sus artimañas (Zacarías 3:1-2; Mateo 4:1-11; 2 Corintios 11:3; Juan 10:10).

Por este motivo, debemos resistir al diablo, y no ceder a sus mentiras, ni a sus amenazas, ni a sus seducciones (Santiago 4:7; Efesios 6:11). Debemos vestirnos de toda la armadura de Dios, que consiste en la verdad, la justicia, el evangelio de la paz, la fe, la salvación, la Palabra de Dios y la oración (Efesios 6:13-18). Es necesario estar alertas, vigilantes y sobrios, y no ignorar sus maquinaciones, ni darle lugar, ni darle ventaja (1 Pedro 5:8; 2 Corintios 2:11; Efesios 4:27).

6. Refleja el amor de Cristo al mundo

El amor de Cristo es el que nos motivó a seguirle, el que nos perdonó nuestros pecados, nos reconcilió con Dios, nos dio vida eterna (2 Corintios 5:14-15; Efesios 1:7; Romanos 5:10; Juan 3:16). El amor de Cristo es el que nos manda a amar a Dios con todo nuestro ser, y a amar al prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:37-40). Jesús nos enseña a amar a nuestros enemigos, a bendecir a los que nos maldicen, a hacer bien a los que nos aborrecen, y a orar por los que nos ultrajan y nos persiguen (Mateo 5:44).

Como cristianos, debemos reflejar el amor de Cristo al mundo, y no odiarlo, despreciarlo y/o condenarlo (Juan 3:17; 1 Juan 4:20; Romanos 14:10). Es necesario mostrar este amor al mundo, y no solo de palabra, sino de hecho y en verdad (1 Juan 3:18). No debemos ser indiferentes, egoístas y/o hipócritas (Mateo 25:31-46; Filipenses 2:3-4; Santiago 2:14-17).

7. Recuerda el ejemplo de Cristo en el mundo

Cristo es el modelo perfecto de cómo vivir en el mundo, pero no ser del mundo (Juan 17:14-16). Jesús vino al mundo, no para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28). Él amó al mundo de tal manera, que se entregó a sí mismo por nosotros, como ofrenda y sacrificio a Dios, en olor fragante (Juan 3:16; Efesios 5:2). Además, hizo la voluntad de su Padre, y no la suya propia, y sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios (Juan 6:38; Hebreos 12:2).

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Por eso, debemos recordar el ejemplo de Cristo en el mundo, y seguir sus pisadas, y no las del mundo (1 Pedro 2:21; Romanos 12:2). Debemos imitar el ejemplo de Cristo, y tener el mismo sentir que él tuvo (Filipenses 2:5; Romanos 8:5). Es necesario honrar el ejemplo de Jesús, y vivir para él, y no para nosotros mismos (2 Corintios 5:15; Gálatas 2:20).

Preguntas frecuentes

Aquí hay algunas preguntas frecuentes que pueden surgir al leer este artículo, y sus respectivas respuestas:

¿Qué significa que el mundo está bajo la influencia del maligno?

Significa que el mundo está dominado por el espíritu de rebelión, desobediencia, mentira, maldad, violencia, inmoralidad, idolatría, orgullo, egoísmo, codicia, envidia, odio, y todo lo que se opone a Dios y a su voluntad. El maligno es el que inspira y dirige el curso de este mundo, y el que ciega y engaña a los que no conocen a Dios (1 Juan 5:19; Efesios 2:2; 2 Corintios 4:4).

¿Qué significa que el mundo pasa, y sus deseos?

Quiere decir, que el mundo y todo lo que ofrece es temporal, efímero, vano, ilusorio y perecedero. El mundo y sus deseos no pueden dar la verdadera felicidad, ni la verdadera paz, ni la verdadera seguridad, ni una vida duradera. El mundo y sus deseos son como la hierba que se seca, y la flor que se marchita, que pronto desaparecen (1 Juan 2:17; Salmo 39:6; Isaías 40:6-8).

¿Qué significa que somos ciudadanos del cielo?

Significa que nuestra patria, nuestra identidad y nuestra esperanza no están en este mundo, sino en el cielo, donde está nuestro Señor Jesucristo, y donde tenemos una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible reservada para nosotros. Somos extranjeros y peregrinos en la tierra, no tenemos aquí ciudad permanente, pero buscamos la por venir (Filipenses 3:20; 1 Pedro 1:3-4; Hebreos 11:13-16; 13:14).

¿Qué significa que debemos renovar nuestra mente con la Palabra de Dios?

Es necesario cambiar nuestra forma de pensar, de sentir, de hablar y de actuar, conforme a la verdad revelada por Dios en su Palabra. Debemos dejar que la Palabra de Dios nos ilumine, nos enseñe, nos corrija, nos guíe y nos transforme, para que podamos discernir y hacer la voluntad de Dios, que es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2; Salmo 119:105; 2 Timoteo 3:16-17).

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¿Qué significa que debemos rendirnos al Espíritu Santo?

Significa que debemos someternos a la dirección, al poder, a la influencia y a la obra del Espíritu Santo en nuestra vida. Es necesario dejar que el Espíritu Santo nos llene, nos controle, nos capacite, nos consuele, nos ayude, nos santifique y nos dé fruto. Debemos andar en el Espíritu, y no en la carne, y no entristecerlo, ni apagarlo, ni resistirlo (Efesios 5:18; Gálatas 5:16-25; Efesios 4:30; 1 Tesalonicenses 5:19; Hechos 7:51).

¿Qué significa que debemos relacionarnos con la iglesia de Cristo?

Significa que debemos participar activamente de la comunión, la adoración, la enseñanza, el servicio, la misión y la disciplina de la iglesia de Cristo, que es su cuerpo, su familia y su templo. Es necesario amar, servir, edificar, exhortar, animar, soportar, perdonar y honrar a los demás miembros de la iglesia de Cristo, que son nuestros hermanos y hermanas en la fe (Hebreos 10:24-25; Efesios 4:11-16; 1 Corintios 12:12-27; Efesios 2:19-22; Juan 13:34-35; Gálatas 5:13; Romanos 14:19; Hebreos).

Conclusión

En un mundo sumido en la oscuridad de sus propias pasiones y deseos efímeros, surge la imperativa necesidad de no permitir que la vida sea moldeada por las sombras del sistema mundano. La llamada a entrar en el reino de la luz, como nos insta la Biblia, adquiere una resonancia aún más significativa en el contexto de un entorno que busca modelar nuestras creencias y valores.

La clave para resistir la influencia del mundo radica en reconocer nuestra ciudadanía celestial, un recordatorio de que nuestras lealtades y esperanzas trascienden las limitaciones terrenales. Esta verdad fundamental nos desafía a desapegarnos de las seducciones temporales del mundo, reconociendo que la verdadera herencia aguarda en el reino eterno.

Renovar nuestra mente con la Palabra de Dios se convierte en un faro luminoso en medio de la oscuridad del mundo. La verdad divina es la espada que nos libera de las ataduras del engaño, la lámpara que ilumina nuestro camino, y el alimento que fortalece nuestra espiritualidad. La Palabra de Dios, entonces, se convierte en el filtro a través del cual discernimos la voluntad de Dios en cada aspecto de nuestras vidas.

Al rendirnos al Espíritu Santo, abrimos las puertas a la transformación interna y al poder divino que nos capacita para resistir las fuerzas del mal. Este rendimiento no es una debilidad, sino un acto de humildad que nos permite ser moldeados por el Espíritu en lugar de ser conformados al mundo. En este proceso, nos convertimos en portadores de los frutos del Espíritu, manifestando el amor, gozo, paz y dominio propio que provienen de una conexión profunda con Dios.

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